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Mecedoras vacías
Es una mañana de agosto y el físico teórico Miguel Kiwi, 81 años, está sentado en su oficina de la Universidad de Chile frente a un paper que acaba de terminar. En él analiza junto a un colega si los computadores podrían emular el funcionamiento del cerebro humano. Hace 12 años, Kiwi fue reconocido con el Premio Nacional de Ciencias Exactas y ahora, aunque oficialmente jubilado, continúa con su trabajo: investigar y dar clases para alumnos casi seis décadas más jóvenes que él.

—Yo no tengo hobbies, mi hobby es esto… —dice con voz suave, señalando su oficina en el Departamento de Física—. Irme a mi casa a no hacer nada lo veo bien deprimente.

Kiwi ha aprendido que los años suelen traer un trato distinto. El año pasado escribió una carta a El Mercurio luego de que su banco le negara una tarjeta de crédito por ser mayor de 75 años. En ella explicaba que lo habían invitado a una conferencia internacional en San Francisco y se preguntaba cómo podría reservar el hotel y arrendar un auto. El inconveniente, dice, se solucionó, pero el enojo le duró bastante. Mejorar la situación de las personas de su edad, cree, es uno de los desafíos más grandes de Chile.

—No tiene sentido relegar a una persona que está en plena capacidad y hacerlo dependiente de la familia o a que tenga una vida miserable. Hay que encontrar un equilibro entre los jóvenes que aspiran a tener nuestros puestos y nosotros que tenemos algo que aportar.

Kiwi es parte de una generación de profesionales de más de 60 años que están activos y lúcidos, que han decidido seguir trabajando, y que en muchos casos necesitan complementar sus pensiones insuficientes. Que no quieren que los obliguen a reducir su vida a un estereotipo: al de la abuela tejiendo en un sillón, el abuelo alimentando las palomas. Todavía pueden vivir 30 años o más, pero en la mayoría de los casos el mercado laboral ya los desechó.

Con el tiempo, dicen los especialistas, este grupo seguirá creciendo. La sociedad chilena envejece rápido: desde 1990 se ha triplicado la cantidad de adultos mayores. Ya son el 16 por ciento de la población y se calcula que para 2050 serán uno de cada cuatro chilenos. Es un fenómeno mundial, pero en Chile, el país con la esperanza de vida más alta de Sudamérica —casi 80 años—, el impacto será más fuerte. En el Centro de Gerociencia, Salud Mental y Metabolismo (GERO), 13 científicos se dedican al estudio del cerebro, buscando entender cómo envejecen los chilenos. El neurobiólogo Christian González-Billault, su director, dice que estamos llegando tarde a solucionar este problema.

—El envejecimiento de la población ha sido súper acelerado: en el último siglo las expectativas de vida aumentaron cerca de cinco años por década —dice—. Como país, no lo vimos venir; y si lo hicimos, las prioridades eran otras.

Se podría decir que, con el tiempo, Chile se convertirá en una embarcación en donde cada vez habrá más pasajeros, pero menos remadores. Es decir, en donde los jóvenes tendrán que mantener a los jubilados. Un gran problema, explica González-Billault, es que décadas atrás el sistema de AFP calculó las pensiones cuando las personas solían vivir solo 15 años después de jubilarse. Hoy, dice, pueden vivir 30, lo que significa que los mismos ahorros deben cubrir el doble de tiempo.

La longevidad trae otra cuestión a resolver: cómo los adultos mayores serán incluidos en el mercado laboral y eso, hasta ahora, no está claro. Según un informe del Centro de Estudios Públicos (CEP), en marzo de 2010 las personas de entre 55 y 64 años representaban el 5 por ciento del desempleo. En marzo de este año aumentaron al 10 por ciento.

—Es un grupo que cada vez va a tener mayor preponderancia —dice Adolfo Fuentes, economista del CEP—. La pregunta es si nuestra estructura productiva permitirá que se desempeñen en algún mercado laboral. Con los años, no solo habrá más gente de más edad, sino con una mayor capacitación, y la economía chilena no está adaptada para absorber a tantas personas con educación superior.

Su pelo es largo y canoso. Rodeada por los ventanales de su departamento de Providencia, la periodista Ximena Abogabir, 71 años, dice que se alarmó. Que hace unos años, mientras trabajaba en la Fundación Casa de la Paz que ella misma creó, sintió que la cuidaban demasiado. Que no la querían molestar. Se dio cuenta de que, de a poco, la sociedad la iba convirtiendo en un ser vulnerable. En un ser que no necesitaba trabajar.

—Si aceptamos la invitación a descansar, lo primero que nos pasa es que nadie más nos llama, a nadie le interesa nuestra opinión, nos empezamos a desactualizar —dice.

Inquieta por esa idea, decidió hacer algo por aquellos que, como ella, no se sienten jóvenes ni ancianos: en 2018 fundó junto a dos socios Travesía100, un movimiento que busca cambiar la mirada sobre la vejez. Con ese objetivo hoy hacen actividades como talleres de emprendimiento e inclusión digital.

Hoy son una red de mil personas de entre 50 y 85 años. Muchos de ellos evalúan crear una consultora de profesionales senior.

—Nuestra estrategia, desde la perspectiva de política pública, es preventiva —dice—. Sabemos que hay una relación entre que el mercado laboral te expulse y la depresión, y entre la depresión y el deterioro físico y mental.

Quien lidera la creación de la consultora es el ingeniero comercial Carlos Moraga, de 63 años. Trabajó durante la mitad de su vida en el sistema financiero y fue desvinculado a fines de 2017. No tardó en entender que las probabilidades de encontrar empleo a su edad eran muy bajas. Sus deudas, mientras tanto, se hacían cada vez más grandes y por eso tomó la decisión de jubilarse de forma anticipada.

—Nosotros necesitamos trabajar con gente joven porque muchos nos hemos desactualizado desde el punto de vista técnico —dice Moraga, quien hoy realiza mentorías gratuitas—. Pero si trabajamos juntos, combinamos la energía, los conocimientos frescos, las ideas nuevas de ellos con la experiencia, la visión y la sabiduría que aportamos los más viejos.

Casos como el de Moraga, de discriminación por edad, suelen ser comunes, y eso llamó la atención del ingeniero comercial Ignacio Hinojosa, de 35 años, y del publicista David Allendes, de 37. En 2016 decidieron lanzar Servisenior, una plataforma para que personas jubiladas ofrecieran servicios. Empezaron con los más básicos, como limpiar, cocinar a domicilio, legalizar un documento o hacer la revisión técnica. Ahora incorporarán trabajos como acompañamiento a personas mayores y reemplazos en centros educativos para profesores jubilados.

Durante la primera etapa, cuenta Hinojosa, algo los sorprendió: gran parte de los inscritos tenía entre 50 y 60 años, lo que dejaba claro que incluso antes del retiro los adultos no encontraban demasiadas oportunidades.

—Hay mucho sesgo y mucho prejuicio en el área de los recursos humanos —dice—. Si bien existen desafíos con los adultos mayores, como la tecnología, las empresas no saben adecuarse a que sus trabajadores estén envejeciendo. Buscan gente más joven en vez de ver cómo pueden evolucionar en su rol, que podría ser más de mentoría. Hay mucha experiencia que se está desaprovechando.

Desde el Estado se han hecho algunos intentos para mejorar su situación: este año se eliminó la restricción que existía para que mayores de 65 participaran en capacitaciones del Sence y se lanzó Experiencia Mayor, un programa que bonifica a empresas que contraten a adultos mayores. El mes pasado, además, el gobierno firmó un acuerdo con la Confederación de la Producción y el Comercio para fomentar la contratación y el buen trato hacia las personas de la tercera edad. Detrás de estos proyectos está la Primera Dama Cecilia Morel, quien ha promovido una política de envejecimiento positivo.

—Lo más importante es romper prejuicios —dice Morel—. Las personas mayores son un aporte en el clima laboral, tienen mayor compromiso y se mantienen más tiempo en el mismo cargo. Hay que romper con la idea de que son descartables y no sirven para el mundo del trabajo. Todas estas ofertas son para personas mayores que voluntariamente quieren trabajar. No estamos forzándolos a que trabajen, como han dicho. Estamos dando más oportunidades, que es lo que los mayores nos piden todos los días.

Morel dice que el incentivo económico no explica del todo las ganas de seguir trabajando, y cita una encuesta de la Universidad Católica y el Sence, en la que el 62 por ciento de las personas entre 55 y 74 años afirmaron que —si bien la principal razón para trabajar era económica— tenían una alta disponibilidad para seguir haciéndolo, incluso si no tenían necesidad de más ingresos. Los expertos suelen coincidir en que para mantenerlas en el mercado es clave aumentar la flexibilidad. Ya sea para trabajar solo algunos días. O durante menos horas. O desde el hogar.

—Tenemos que darles posibilidad a aquellos que quieren mantenerse activos, pero basados en que en el mundo laboral actual los empleos son distintos a 20 años atrás —dice el subsecretario del Trabajo, Fernando Arab.

Para la arquitecta Cecilia Vega, 73 años, el tiempo es relativo. Aunque sabe que su cuerpo no lo refleja, se siente dos décadas más joven. Quizá por eso ha decidido continuar trabajando. No a tiempo completo, como hizo durante tres décadas en la Municipalidad de Las Condes, sino en proyectos de remodelación de casas. Dice que el término “vejez” está teñido de una negatividad que no se corresponde con su vida. Que habría que inventar otra palabra.

—Mi generación es bien pionera. Fuimos el primer grupo de mujeres que entramos masivamente a la universidad. Por eso tenemos que ayudar a plasmar una nueva visión de esta etapa: que los viejos no estamos out ni gagá, que no somos unos quejosos. Hay que cambiar la imagen de esa vejez negra que a veces hasta nosotros mismos nos creemos.

La neuróloga Andrea Slachevsky, subdirectora de GERO, se ha dedicado a estudiar las enfermedades neurodegenerativas más típicas de esta etapa, como el alzhéimer, y aclara que durante la vejez los cambios cognitivos suelen ser menores y no impiden que la persona pueda desenvolverse por sí sola.

—El mayor mito es confundir envejecimiento con pérdida de capacidades, asociarlo con declive —dice Slachevsky—. Las demencias son más frecuentes en esta edad, pero son patologías, no la consecuencia normal del envejecimiento.

Sin embargo, no es lo que suele creerse: según un estudio que presentó el año pasado el Servicio Nacional del Adulto Mayor y la Universidad de Chile, 68 por ciento de los chilenos considera que los adultos mayores no pueden valerse por sí mismos. Eso no coincide con los datos que muestran que un 85 por ciento de los chilenos de más de 60 años es autovalente. Lo que hay que tener claro, dice la neuróloga, es que el estado en el que se llega a esa edad está determinado por la situación socioeconómica.

—La desigualdad te va persiguiendo a lo largo de toda la vida. Las diferencias entre el adulto mayor con y sin dinero en Chile son terribles. Si bien es muy importante transmitir un mensaje de envejecimiento positivo, saludable, hay que tener un mensaje inclusivo para quienes envejecen en malas condiciones y no hacerlos sentir que eso es un fracaso.

Para cambiar la mirada sobre la vejez en Chile, cree Ximena Abogabir, fundadora de Travesía100, hay una única alternativa: convertirse ellos mismos en los protagonistas, y eso es lo que está buscando a través de su movimiento.

—Es alucinante sentir que a nuestra generación, la que participó de Mayo del 68, le tocó reinventar la religión, la política, la educación, el sexo, y a medida que avanzamos, también nos toca reinventar la vejez —dice—. Los baby boomers estamos moviendo el umbral, pero la sociedad todavía no ha reaccionado.

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