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Las cicatrices de Cristóbal Cabrera el Cisarro

En apenas un mes, Cristóbal Cabrera, más conocido como el “Cisarro”, volvió a las noticias tras un violento asalto en una casa en Buin y ser apuñalado más tarde en el penal de Puente Alto, donde estaba en prisión preventiva. “Sábado” reconstruyó sus tres últimos años de reclusión en un centro del Sename de Tiltil. Allí había demostrado buen comportamiento, se especializó en un taller de estructuras metálicas, terminó cuarto medio, fue el encargado de dar el discurso de egreso y dio dos veces la PSU. Sin embargo, en diciembre del año pasado, el mismo día en que se le permitió salir y regresar solo en las noches, nunca más apareció.


Sexta Sala del Juzgado de Garantía de San Bernardo. Casi nadie ha venido a presenciar esta audiencia del miércoles 14 agosto. La preside la magistrada Magdalena Casanova, quien resolverá el traslado de penal de dos jóvenes imputados por un violento robo a una casa en Buin, a fines de julio de este año.

El caso fue ampliamente destacado en la prensa porque uno de los asaltantes fue identificado como Cristóbal Cabrera, 21 años, más conocido como “Cisarro”.

A la orden de Casanova, por una puerta lateral ingresan Marcelo Álvarez, 23 años, y Cabrera, ambos esposados de pies y manos y custodiados por un gendarme. Cabrera viste un polerón gris que cubre con una parka acolchada, jeans sucios y zapatillas negras, sin cordones. Sobre su ropa, la pechera amarilla de los imputados. No es primera vez que la usa. En su rostro, resalta una cicatriz en su labio inferior, producto de una bala que recibió tras un enfrentamiento con carabineros en mayo de 2015 en La Reina. Era la última vez que se había tenido noticias de él. En esa ocasión, junto a otras tres personas, había robado un auto y luego de una persecución policial fue impactado por un proyectil que entró por su mentón y salió por su boca, destruyéndole tres dientes. Por el caso, fue sentenciado a cinco años de régimen cerrado en el Centro Metropolitano Norte de Tiltil, del Sename, hasta que en diciembre del año pasado el castigo se le cambió a semicerrado por buen comportamiento. Solo estaba obligado a regresar por las noches. Pero nunca más volvió.

En la sala, Cabrera se sienta a la izquierda de Paula Manzo, abogada de la Defensoría Penal Pública, mientras busca con su mirada algún rostro conocido entre el público. A pesar de que es habitual que su madre asista a sus audiencias, hoy no está presente. Cabrera ha solicitado cambiarse desde el penal de Puente Alto, donde está en prisión preventiva, a Colina I, “ya que ahí se sentiría más tranquilo”, dice a “Sábado” la abogada Paula Manzo.

La jueza, sin embargo, decide que siga en Puente Alto cumpliendo la sentencia de 200 días por haberse escapado de Tiltil y que, dependiendo de su comportamiento, se evaluará su petición. Dos semanas después, el joven sería acuchillado en esa cárcel por otro recluso.

A los 9 años, Cristóbal Cabrera fue detenido por primera vez. Junto a dos amigos de su población, la Villa Cousiño Macul en Peñalolén, había asaltado las casas de Masataka Wada, empresario japonés, y Leonidas Montes, decano de la Universidad Adolfo Ibáñez en esa época. Es el noveno de diez hermanos de distintos padres. Su madre ha declarado que el padre de Cristóbal lo abandonó apenas nació y que ella se volvió el único sustento para sus hijos.

Por su corta edad, Cristóbal fue derivado a tribunales de familia y al Sename, donde lo incorporaron a programas de rehabilitación social, además de sesiones con psicólogos y terapeutas. Todo lo abandonó a los pocos meses. Inimputable ante la ley, pronto se unió a una banda que robaba casas en el sector oriente de Santiago.

A los 10 años, ingresó al Centro de Tránsito y Diagnóstico del Sename para ser evaluado psicológicamente. De los 30 días que tenía que permanecer ahí, no alcanzó a estar una semana antes de que un grupo de amigos lo “rescatara” del lugar, con pistolas en mano. Luego, fue internado en la unidad psiquiátrica del Hospital Calvo Mackenna. Al ser dado de alta, volvió a delinquir y en 2010 fue enviado al centro del Sename Cread de Playa Ancha, en Valparaíso.

Ese año, Francisco Estrada —entonces director nacional del Sename— tomó personalmente el caso de Cristóbal. Una de sus primeras medidas, dice a “Sábado”, fue solicitar dos informes diarios sobre la situación del joven, que había ingresado al centro con una alta adicción al cigarro y sobrepeso.

En Playa Ancha, Estrada explica que Cristóbal comenzó a recibir un nuevo tratamiento con un medicamento siete veces más caro del que recibía en el sector público, que lo ayudaba a controlar sus impulsos.

—A los dos meses, él era como cualquier niño. Su agresividad e irritabilidad son problemas bioquímicos, no morales. Él no tiene la capacidad de autorregulación, pero con este medicamento sí lo logró —dice Estrada.

Según el exdirector del Sename, Cristóbal mostró una mejoría en sus tratamientos, incluso se le permitió salir en las tardes a la playa junto a otros niños, sin la necesidad de grandes resguardos. De esas salidas, agrega Estrada, nunca se escapó.

—A pesar de estar medicado, algunas veces presentó situaciones de descontrol, siempre relacionadas con las visitas de su mamá, quien solía decirle que iría al centro a visitarlo, pero no llegaba. Él es muy dependiente de su familia y buena parte de sus problemas se relaciona con su mamá. Su relación con Cristóbal ha sido muy tóxica. En una ocasión, después de no ir a verlo en un mes, le dijo que iría, pero no llegó. Cristóbal se descontroló y tuvimos que pedirle al personal del Sename de Santiago que fuera a su casa, con un celular, para que pudiera hablar con ella. Recién ahí él se calmó —recuerda Estrada.

Del Cread de Playa Ancha salió en 2013, a los 14 años. Durante su adolescencia, ya imputable ante la ley, fue detenido 28 veces por delitos como robo de vehículo, robo en lugar habitado y robo con intimidación, entre otros, hasta que en 2015 fue detenido tras recibir un balazo en el rostro. Luego de eso fue llevado al Sename de Tiltil.

Según fuentes al interior de ese centro, en los últimos años Cristóbal logró “un gran avance en su proceso de rehabilitación y reinserción social”. Agregan que mantenía un bajo perfil, practicaba varios deportes y que no tuvo conflicto con otros internos. Su comportamiento les llamó la atención porque contradecía todo el historial que el joven traía consigo: cumplía con la asistencia al colegio y a los talleres, sobre todo al de bachata, uno de sus favoritos.

También finalizó allí su enseñanza media y rindió dos veces la PSU. Incluso, dio el discurso de término de año escolar, escrito de su puño y letra, donde habló sobre la vida que tendría al salir del centro y terminar el colegio, “logro que nunca pensé en obtener”, dijo, según recuerdan en el centro.

Una trabajadora del Sename de Tiltil —quien pidió mantener su nombre en reserva— cuenta que compartió con Cabrera hasta sus últimos días en el lugar y que, en conversaciones con el joven, este le decía que tenía la intención de estudiar porque quería ayudar a su mamá.

—Los jóvenes que delinquen creen que solo sirven para eso y que no aprenderán nada más. Cristóbal, a pesar de que yo veía logros y cambios en su conducta, creía lo mismo, era algo que se le había instalado en su mente —explica la trabajadora.

Agrega que al interior del centro Cabrera seguía siendo conocido por su apodo, pero no dejaba que ningún adulto lo llamara así. Solo se lo permitía a los otros jóvenes, ya que de esa manera era reconocido entre sus pares y le permitía marcar una diferencia.

—Las chiquillas se volvían locas, era un rockstar en su población. Él construyó una identidad en base a ese apodo. Si le quitas su historial, le quitas la parte más atractiva de ser el “Cisarro”. Odiaba que lo llamaran así, pero le gustaba la fama que le daba —cuenta Estrada.

En Tiltil, Cristóbal dormía en la Casa 2. En ese lugar, según detalla un informe del Sename realizado junto al Ministerio de Justicia, el Ministerio Público, Unicef y varias fundaciones, es donde son asignados los infractores de ley con “alta complejidad, perfil delictual ‘canero', de inicio temprano en el delito y que generalmente vienen de Santiago I”.

Ese mismo informe califica el centro de Tiltil como “prioridad nacional” del Sename y concluye que una de sus mayores dificultades son las constantes licencias médicas de los funcionarios, lo que obliga a una reestructuración de las funciones, “afectando el desarrollo formativo de los jóvenes (…). Solo desde marzo a la fecha (octubre 2017) la cantidad de licencias equivale a un 35 por ciento del nivel nacional (de los centros del Sename)”, detalla.

El buen comportamiento de Cristóbal permitió que, a los tres años de régimen cerrado, la pena le fuera cambiada a semicerrada: es decir, en el día tendría actividades de rehabilitación y reinserción social, y debía volver a dormir al mismo centro. Pero apenas salió, Cabrera no pisó nunca más Tiltil.

—Él tenía un compromiso delictual muy fuerte. Lograba adecuarse al espacio porque quería salir, como todo adolescente encerrado. Las intervenciones en centros como el de Tiltil son ficticias, porque los jóvenes se van a adecuar y cumplir todas las normas, pero no van a interiorizar el cambio que necesitan —asegura la trabajadora del Sename.

El año pasado, meses antes de que Cristóbal Cabrera escapara, Francisco Estrada asegura que el joven lo contactó para pedirle ayuda al momento de salir. Cuenta que le dijo que tenía miedo por lo que se vendría afuera, ya que si cometía un delito, sería juzgado como adulto.

Estrada dice que preparó un plan para ayudarlo. Le consiguió un trabajo con un empresario amigo, debido a que Cristóbal se graduó de un taller de estructuras metálicas dentro del Sename. También cuenta que gestionó, con una fundación, su ingreso a un programa de reinserción social y laboral, enfocado a jóvenes que salen de la cárcel.

—Con trabajo más un terapeuta particular, aunque el Sename no haga nada, íbamos a sacar a Cristóbal adelante, pero era fundamental moverlo de su población. Si volvía ahí, estaría perdido. Junto a su familia, teníamos todo listo para que cuando saliera retomara una vida normal. Incluso, su hermana que vive en Rancagua se había comprometido a ser su tutora —asegura Estrada.

Pero el plan nunca se concretó.

—Cristóbal se enojó. Quizá lo presionamos mucho. No supe nada más de él hasta el día en que lo vi en las noticias —añade el exdirector del Sename.

A pesar de los consejos que le dio, al escapar de Tiltil Cristóbal regresó a su casa, junto a su madre, en Peñalolén.

“¡Ya, conchetumadre!, pásame toda la plata, los dólares y las joyas, estamos dateados, así que apúrate o te voy a matar”.

Con esos gritos recuerda que despertó Valeria, 36 años, junto a su marido Juan, la madrugada del 31 de julio pasado, en su casa de Buin. El matrimonio, que se encontraba en el dormitorio principal con su hija de 3 años, acostada en medio de la cama, no supo cómo reaccionar.

Al igual que una película —describe Valeria—, dos jóvenes y un adulto entraron al mismo tiempo por la puerta de la habitación. Prendieron la luz y los amenazaron con una pistola, un machete y un destornillador. Les exigían que entregaran todos los objetos de valor.

—A mi marido, que es carabinero, lo amarraron de pies y manos con una venda. Y a mí, las manos con el cable del celular. El “Cisarro” me apuntaba todo el tiempo con el machete, nunca lo puso directamente en mi cara, como sí lo hizo el otro con la pistola a mi esposo —dice.

Según el relato de Valeria, de las tres personas que entraron a su casa esa noche, el sujeto de la pistola, que representaba más edad y que aún no ha sido identificado, demostró ser el líder del grupo y tener más experiencia: hablaba de forma más educada, casi sin garabatos y mantenía el control de la situación.

—Era alguien más grande, de unos 35 años. Tenía una voz ronca. Nos decía: “Ya, tranquilos, este asalto será rápido. Nosotros estamos trabajando, también tenemos familia, así que dennos las cosas rápido”. En cambio, el “Cisarro” me gritaba todo el rato: “¡Ya, conchetumadre, pásame las joyas, mierda!”. Dentro de todo, el más grande calmaba al resto. Sin él, no sé qué habrían hecho los otros dos —cuenta la mujer, refiriéndose a Cristóbal Cabrera y Marcelo Álvarez.

Entre los gritos, la hija del matrimonio se despertó. Valeria recuerda que la niña empezó a llorar, situación que descontroló aún más a Cristóbal, quien la amenazó: “¡Cállala o la voy a matar!”.

—Me azotaba la cabeza contra la almohada por mirarlo. Me decía que no lo hiciera, pero pude ver gran parte de su rostro y ojos. Hasta hoy tengo grabada su mirada —relata.

Su marido les ofreció su camioneta a los asaltantes para que se fueran pronto. En ese momento, la familia escuchó cómo ingresaban otras personas a la casa, quienes registraron las piezas y se llevaron todos los objetos de mayor valor en otro auto. Cristóbal Cabrera, junto al resto, cargó la camioneta con televisores, ropa y el coche de la niña.

Al dejar la casa, Valeria logró soltarse y desató a su esposo, quien se contactó con la policía y dio los datos de su auto para que lo buscaran en Puente Alto, La Pintana y San Bernardo, comunas que se conectan con las autopistas de Buin.

El operativo dio con la camioneta en Puente Alto, lo que terminó en una persecución en el río Maipo. Ahí, Cristóbal Cabrera se tiró al agua para escapar, junto a dos de sus compañeros. La oscuridad y la corriente del río le jugaron en contra y solo pudo aferrarse a una piedra, desde donde fue rescatado por los mismos carabineros, junto a Marcelo Álvarez.

El tercer integrante, el supuesto líder del grupo y quien manipulaba la pistola, desapareció esa misma noche. Se desconoce si murió ahogado o logró huir.

En la camioneta, recuperada cerca del río, aún estaban algunos objetos robados de la casa. El resto de la banda escapó en otro auto, al que se le perdió la pista.

A más de un mes del asalto, Valeria dice que aún sufre las consecuencias de lo vivido. Recién la semana pasada, asegura, pudo volver a dormir con la luz apagada, pero le cuesta estar sola en su casa.

En las oficinas de la Defensoría Penal Pública del Centro de Justicia, Paula Manzo, la abogada de Cristóbal Cabrera, señala que tras su detención el joven estaba tranquilo, pese a saber que este era su primer delito como adulto, con una pena que, en el mejor de los casos, podría ir de los tres a los cinco años. Primero fue llevado al penal Santiago I, mientras se cumplía el plazo de la investigación por lo ocurrido en Buin. Era la primera vez que estaba en un centro de adultos. Luego, por no cumplir su sentencia anterior en Tiltil, se le trasladó a la sección juvenil en el Centro de Detención Preventiva de Puente Alto, donde debería estar los próximos 200 días mientras se definía la sentencia por el robo a la casa de Buin.

—Él quería ser trasladado a Colina I para proteger su integridad, pero no da cuenta todavía de una situación de peligro, no ha señalado ninguna experiencia de ese tipo —explicaba Paula Manzo en el Centro de Justicia. Pero media hora después, en el penal de Puente Alto, Cristóbal Cabrera era apuñalado en el pecho, cerca del corazón, y operado de urgencia en el Hospital Sótero del Río.

Según el informe de Gendarmería —contenido en la carpeta investigativa a la que tuvo acceso “Sábado”—, a las 16:38 horas, en la sección juvenil del centro de Puente Alto, Cristóbal había sido visitado por un familiar y al devolverse a su dormitorio, en el sector sur, el recluso Esteban Muñoz lo atacó con un cuchillo artesanal, de aproximadamente 40 centímetros, luego de haber bebido alcohol. Muñoz —19 años, evangélico, apodado el “Coco”— cumple una condena de nueve años por robo con intimidación. Además, por el mismo delito, ya había ingresado a un centro del Sename, en Puerto Montt, del que escapó dos veces.

Se desconocen los motivos por el que Muñoz atacó a Cabrera, ya que prefirió no declarar en el informe, pero según la Defensoría se trataría de una rencilla pasada desde el centro del Sename de Tiltil, lugar que ambos compartieron en 2017.

Hoy, Cristóbal permanece en recuperación en la enfermería del penal de Puente Alto. Su abogada solicitó aplicar “las medidas de seguridad que sean necesarias para resguardar la integridad del imputado y de esta forma evitar nuevas agresiones”, detalla un informe posterior al ataque.

Al término de los 70 días de investigación, se conocerá la nueva sentencia de Cristóbal. Antes del ataque, “Sábado” contactó a Cabrera a través de su abogada, pero se negó a dar una entrevista. Su madre tampoco quiso participar en este reportaje.

El día de la audiencia, tras escuchar la decisión de la magistrada de mantenerlo en el penal de Puente Alto, Cabrera se acercó a su abogada y le pidió conversar en privado. Con la voz gastada, le dijo:

—Necesito que me escuchen.

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