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Martín González Calderón

Aunque tenía una casa en Puerto Williams, Martín González Calderón solía viajar por un camino de tierra hasta el remoto sector de Bahía Mejillones, donde construyó una choza sin piso, pero con una chimenea en que calentaba una tetera abollada. Silencioso por naturaleza, miraba el mar austral mientras cebaba unos mates y contaba a sus 2 hijas las olvidadas historias de los abuelos, navegantes yaganes que sobrevivieron a enfermedades mortales traídas por colonos, como el sarampión y el cólera. Su tía Cristina es la última persona que habla fluidamente la lengua yagán.

"Siempre pensé que tenía que grabar las historias de mi padre, pero nunca lo hice", dice su hija Claudia desde Villa Ukika, en las afueras de Puerto Williams.

El domingo por la noche González, de 67 años, falleció en una sala del hospital de Punta Arenas, lejos de su casa y el mar, producto del covid. Así partió el último de los maestros yaganes en la construcción de las canoas. "Era un carpintero muy talentoso que construyó embarcaciones tradicionales para su exhibición", dice Alberto Serrano, el director del museo Martín Gusinde, de Puerto Williams, donde muestran una de sus obras: una nave tradicional de 3 metros de largo. Además, Serrano impulsó el documental "Tánana: estar listo para zarpar", en que Martín González guiaba la construcción de un barco "occidental" con el que salió a recorrer los canales por los que navegó en su niñez. Además contaba que dejó algunos aprendices.

-¿Qué historia le contaba su padre, Claudia?
-Cuando él era niño se podía navegar por todos los sitios. Luego el gobierno estableció muchas restricciones: ya no se podía viajar en botes tradicionales y había que sacar permisos. A los 12 años, salió con mi abuelo José al sector que llamamos Falso Cabo de Hornos con un barquito de 3 metros ante una mar enorme. Vino un viento y rompió la vela que movía el barco. Mi abuelo le dejó el timón al niño para tomar la vela y coserla con toda calma mientras mi papi estaba muerto de miedo.

En agosto del año pasado, Martín González subió a uno de los transbordadores que demoran casi 30 horas en recorrer 300 kilómetros al norte hasta Punta Arenas. Su gran habilidad con la madera le permitió conseguir trabajo en el Faro San Isidro. El artesano fue alargando su estadía incluso cuando sus hijos le pidieron que regresara pues la pandemia pegaba duro en Magallanes. Pese a las precauciones se contagió y hace pocos días falleció.

"Dejamos pendientes algunos proyectos. Quería llevarme a un lugar del que le contó su abuela y que nadie más conoce: donde los antepasados encontraban un barro blanco para pintar su cuerpo", cuenta su hija Claudia. En un par de días las cenizas de Martín González volverán a Bahía Mejillones para ubicarse en el cementerio donde están sus padres. Desde allí se ve el mar.

Las originales eran de corteza de coihue

Desde tiempos remotos los yaganes navegaron con sus canoas por el extremo austral en busca de lobos marinos, mariscos y aves. Alberto Serrano, director del museo Martín Gusinde de Puerto Williams, dice que familias completas navegaban en canoas hechas por tres grandes trozos de corteza de coihue, amarrados con junquillo o barbas de ballena. Los espacios eran cubiertos con una pasta de musgo y arcilla. Las embarcaciones, de gran maniobrabilidad, medían entre 3,5 y 7 metros y en el medio mantenían una fogata. Debido a su fragilidad duraban menos de un año. A fines del siglo XIX comenzaron a construirlas con troncos ahuecados, pero eran muy inestables y fueron prohibidas por las autoridades.

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