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Las Greta Thunberg chilenas
Valentina Chavarría tiene 17 años. Es de Valdivia. Todos los días sale de su casa en una villa del sector de Las Ánimas y toma su bicicleta para ir al liceo donde estudia. Evita lo más que puede subirse a un auto o a una micro. En las mañanas se lava su pelo negro y largo con un shampoo natural que ella prepara en base a cáscaras de frutas. En la ducha abre el agua solo cuando es necesario, en intervalos que duran apenas unos segundos. Su alimentación es vegana: no come carne ni ningún producto de origen animal. No compra su comida en supermercados, solo en ferias libres o almacenes a granel. Tampoco compra toallas higiénicas: las que utiliza son de género. Y hace más de dos años que no compra ropa en multitiendas ni en malls. Toda la que usa es de tiendas de segunda mano.

Y si eso no fuera suficiente, hace siete meses inició en Chile el movimiento Fridays for Future de Greta Thunberg, la niña sueca de 16 años, activista contra el cambio climático, que ha revolucionado el mundo con sus discursos, sumando millones de seguidores, y que en diciembre será la invitada especial de la COP25 en Chile.

Todo partió en febrero de este año. La mamá de Valentina, Marilin Araya, trabajadora informática, estaba preocupada porque su hija llevaba tres días encerrada en su habitación frente al computador. Ella dice que estaba segura de que casi no dormía porque varias veces la sentía moverse por la habitación cuando eran las cinco de la mañana.

—No sabía qué estaba haciendo. Como mamá, tú dices qué hace mi hija hasta tan tarde metida en las redes sociales. Me enojaba, me daba lata. Yo le preguntaba y me decía: “¡Es algo importante!, después te cuento” —recuerda Marilin.

Dos días después a Marilin le llegó un WhatsApp de Valentina con un link de una noticia que hablaba de escolares del mundo que protestaban contra el cambio climático siguiendo a Greta Thunberg. Marilin continuó leyendo la nota hasta que en los últimos párrafos se encontró con el nombre de Valentina, quien aparecía mencionada como la joven que acababa de traer el movimiento de Greta Thunberg a Chile.

—“En esto estaba”, me pone después la Vale en el WhatsApp —cuenta Marilin riéndose.

Ese día Valentina le contó a sus papás que llevaba días encerrada en su habitación porque había descubierto que Greta Thunberg tenía un movimiento llamado Fridays for Future y que había logrado contactar a sus organizadores en Suecia. No solo eso: le habían respondido y le habían dado los lineamientos para fundar el movimiento en el país.

—Yo si quisiera podría quedarme en mi casa, irme en bici a todos lados, ser como soy. Pero sería un poco egoísta no informar a mi par de este movimiento, no hacerme responsable —dirá después Valentina.

El 19 de febrero Valentina abrió la cuenta Fridays for Future Chile en Instagram. A los dos días ya tenía 5 mil seguidores y ya la habían contactado de 20 ciudades del país, cuenta. El mensaje del movimiento era claro: luchar contra el cambio climático y por la esperanza de un futuro. Hoy, Fridays for Future Chile está en 37 ciudades y participan más de 500 voluntarios. Valentina los ha coordinado a todos desde su habitación en Valdivia.

Es un viernes de agosto y Valentina faltó al colegio. Desde febrero que todos los viernes, junto a la mesa de trabajo de Fridays for Future, organiza algún tipo de manifestación: una marcha, la limpieza de un humedal o una charla en algún colegio, siguiendo el ejemplo de Greta Thunberg, quien todos los viernes faltaba al suyo para protestar afuera del Parlamento sueco por la crisis climática. Hoy inaugura el Primer Encuentro Nacional “Jóvenes por un cambio climático”, al que invitaron a seis profesionales a dar conferencias a la Universidad Austral. Entre ellos está el senador de la región Alfonso de Urresti y Rodrigo Catalán, director de conservación de la WWF Chile.

Valentina viste un polerón verde con el logo de Fridays for Future estampado atrás, un buzo gris y zapatillas, y abre el evento con unas palabras de bienvenida. Ella coordinó a los conferencistas para que asistieran voluntariamente y consiguió el coctel vegano con el que cierran cada día. Recién a las siete de la tarde termina la jornada. Valentina se sienta en una banca en un pasillo de la universidad y dice que su relación con el medioambiente comenzó desde niña, a unos 60 kilómetros de Valdivia.

Hasta los nueve años —casi la mitad de lo que va de su vida— vivió en el campo, en el sector de Los Ciruelos. Su casa estaba en los terrenos que han pasado de generación en generación en su familia por el lado materno de origen mapuche. Cuenta que en los alrededores había bosques nativos con árboles de selva valdiviana y humedales donde crecían juncos.

—Allí nace mi apreciación por la naturaleza. Era más que nada el hecho de sentirme parte de ella, no que la naturaleza es para mi consumo, para mi explotación, para mis sueños —dice Valentina sonriendo y dejando ver sus frenillos.

Recuerda también que desde chica su familia le contaba historias sobre cómo había cambiado el paisaje en el que vivían.

—Crecí escuchando sobre cómo habían cortado árboles, cómo le habían arrebatado las tierras a mi abuelo. De niña me decían: “Hasta acá llegaba el campo”, “ahí había árboles, había todo un bosque”.

Relata que para ella fue chocante el día que sus padres decidieron trasladarse a Valdivia. Le costó adaptarse a las calles, a los autos, al ruido. La cantidad de basura fue algo que también la impresionó. Hay una imagen que aún recuerda de cuando llegó a la ciudad:

—Al lado de mi casa en Valdivia había un humedal y siempre me acuerdo que vi pasar a un patito nadando, y al lado había una tele tirada y más allá un refrigerador. La gente tiraba de todo al humedal y yo lo encontraba horrible.

Ninguna de estas impresiones Valentina se las contó a sus papás. Todo se lo guardaba.

—Sentía que decirles a ellos era como abrir más la herida, porque no lo iban a entender; quizá por eso fui buscando todas estas herramientas que ahora tengo —explica.

En séptimo básico, por un programa de la Junaeb, recibió su primer computador. De a poco comenzó a investigar sobre el problema medioambiental, a leer estudios y a ver documentales. Más tarde, dice, se informó sobre la industria ganadera.

—Me chocó tanto… De chica yo vi cómo en el campo mataban a los animales frente a mis ojos y era muy fuerte. Lo que más mataban eran corderos, era impresionante porque eran como perritos —dice.

Esos recuerdos se le vinieron a la mente cuando comenzó a leer sobre cómo explotaban a las vacas para dar leche y sobre el efecto invernadero de la industria de la carne. Se enteró de todo eso hace poco más de un año y desde entonces, cuenta, no pudo comer más carne.

—Mis papás no me apoyaron cuando me hice vegana; de hecho, me trataban como si estuviera loca. Tuve que comunicarme con Suecia y traer este movimiento para que me dejaran de juzgar y me respetaran —dice.

Alex Chavarría, el papá de Valentina, quien trabaja en una radio de Valdivia, dice que en el último tiempo ha pasado muchos domingos conversando con su hija sobre el medioambiente y el cambio climático.

—A mí me va convenciendo día a día. Al principio era bien escéptico, pero después, con los argumentos, te das cuenta de que estás equivocado. A uno le cuesta, porque culturalmente te criaron de otra forma —dice Alex Chavarría.

Marilin Araya agrega que antes que su hija comenzara con el veganismo, su congelador estaba lleno de carne. Hoy, en cambio, ya casi no la comen.

—Valentina llegó solita a esto, estaba pasando un momento de la adolescencia, como cuando no le pillas un rumbo a tu vida, y se topó con esto que la motivó tremendamente —dice Marilin—. La Vale era de un bajo perfil, tenía una personalidad tranquila, nunca fue buena para hablar, pero con esto ella saca una personalidad de líder. (…) A veces le exijo que no esté tanto con esto, que se preocupe del colegio o de divertirse, de ir a una fiesta, porque ahora rara vez va a un cumpleaños, y hemos tenido por eso peleas en las que discutimos y ella se ha puesto a llorar porque dice que yo no entiendo lo importante que es el movimiento para ella.

Los padres de Valentina se turnan para acompañarla a las actividades, pero la mayoría de las veces va su papá, que tiene más flexibilidad en los horarios.

—Tiene que haber una presencia del papá o la mamá que la acompañe, porque a la Vale tú la ves grande, pero en el fondo sigue siendo una niña —agrega Marilin.

La primera actividad que Valentina organizó fue una colillatón en Valdivia para recolectar las colillas de cigarro que quedaron en el suelo después de la tradicional Noche Valdiviana. Recogieron más de 20 mil y para la actividad llegaron unos 60 escolares voluntarios. Entre ellos, Nadia Jaksic, de 17 años, Melissa Utreras, de 17, y Giacomo Rosso, de 18. Ninguno de los tres se conocían entre sí, pero se sumaron al movimiento y hoy forman parte de la mesa de trabajo de Fridays for Future Valdivia junto a Valentina.

Son las siete de la tarde de un martes. Nadia, Melissa y Giacomo están en el patio de comidas del mall de Valdivia. Nadia viene de un entrenamiento de vóleibol, Melissa aún está con su uniforme escolar y Giacomo estaba en su casa. Hace varios meses que ninguno de los tres consume la comida rápida que se ofrece allí. Al igual que Valentina, son veganos o vegetarianos.

Desde que entraron al movimiento se han informado más sobre el medioambiente, no solo respecto a la alimentación, también sobre la crisis climática y la necesidad de generar cambios de mentalidad. Aunque están trabajando para eso, reconocen que el futuro los atemoriza.

—A mí me mueve la empatía, quiero vivir en un ambiente de bienestar para todas las especies. Estoy aterrado de que se acabe el mundo. Hay poco tiempo para actuar. Como dice Greta, “es como si la casa estuviera en llamas”. Personalmente sufro de ansiedad; entonces, cuando veo esta cantidad de videos y la indiferencia de la gente, me causa mucha ansiedad —dice Giacomo.

Nadia Jaksic coincide:

—Me da mucho pánico. Siento que van a ser muchas las catástrofes, como el tornado que hubo en Los Ángeles, que nunca se había visto. Me da miedo que los más pequeños de mi familia tengan que vivir en un ambiente en el que no se pueda respirar, que no puedan salir a la calle sin una mascarilla como ha pasado en algunos países.

A Valentina la indiferencia es lo que más la atemoriza:

—Hay lugares que se han secado, como la laguna de Aculeo o Petorca. Hay sectores que viven en la basura, en el plástico. Ahora el Amazonas se está quemando, hay crisis hídrica en un montón de lados. Las personas no son capaces de ponerse en los zapatos de otras, que a 100 kilómetros de Santiago no tienen agua, o no pueden imaginar lo que siente ese niño que ve ardiendo el bosque del Amazonas que para él es su casa. Pero lo que más me choca es ver a un joven de mi edad que no le importa, que le da exactamente lo mismo si se muere contaminado o se muere de sed en 50 años más; le da lo mismo porque anda más preocupado de jugar PlayStation o de salir bien en la foto de Instagram.

A pesar de todo eso, Valentina, Nadia, Melissa y Giacomo dicen que sienten esperanza. Cuando hablan de Greta, se refieren a ella como la “nueva esperanza” y destacan que en el trabajo que han hecho transmitiendo el mensaje de la crisis ambiental han visto resultados.

—Yo siento que de corazón estoy haciendo un cambio. Si yo lo hago, puedo intentar que las otras personas que me rodean lo hagan también. Al inicio de año en mi curso yo era la única vegetariana. Ahora somos ocho —cuenta Nadia Jaksic.

Juntos organizaron la primera marcha en Chile de Fridays for Future y se sumaron a la convocatoria mundial de Greta Thunberg el pasado 15 de marzo. La marcha se hizo en 20 ciudades del país. En Santiago convocó cerca de cinco mil personas y en Valdivia hubo 700. Para hacer la marcha en esa ciudad, Valentina le tuvo que pedir a su mamá que firmará en la gobernación como responsable del evento porque ella, como menor de edad, no podía.

Ese día, al llegar a la plaza de Valdivia donde terminaba la marcha, Valentina tomó un megáfono y comenzó a leer el petitorio nacional frente a la multitud. Igual como Greta lo hace en sus manifestaciones.

—Greta se terminó transformando en una figura del mensaje, que es algo muy hermoso. Pero no sé si me gustaría ser como ella, creo que depende de las personalidades. No me gusta la invasión a tu vida. Greta está en todos lados y eso es lo que a mí no me gustaría: terminar convertida en un figura. No sé si estaría dispuesta a ser parte de este juego de la política en el que quizá se ve envuelta Greta en estos momentos. Creo que es algo que se salió de sus manos —opina Valentina, quien agrega que ha intentado que cada ciudad del país se organice bajo el movimiento de la manera más autónoma posible.

Greta Thunberg, a pesar de estar nominada al Nobel de la Paz, ha sido últimamente criticada en medios internacionales por no ser una experta, porque no siempre se apega a los hechos en sus discursos, por su asperger o porque algunos dicen que ha sido manipulada por sectores políticos.

—Greta es solo una voz, ella tampoco se define como experta, porque no tenemos por qué serlo. Ella solo pide que escuchen a los científicos que han hecho los estudios que los mismo Estados han pagado —explica Valentina.

A ella y a sus compañeros también los han criticado. Cuenta Giacomo que fueron a un evento donde dieron talleres de veganismo y microcompostaje. Luego de la actividad ofrecieron bebidas en vasos plásticos y les tomaron una foto con los vasos en la mano. Cuando la imagen se subió a redes sociales, varios usuarios hicieron notar el punto.

—La gente que nos rodea está demasiado pendiente de lo que hacemos, sentimos que nos estaban vigilando —dice Giacomo.

A Nadia Jaksic también la criticaron sus amigas y compañeros por tomar un vuelo en avión.

—Mi mamá me invitó a un viaje a México, que para mí es una experiencia única, y me cuestionaron mucho por haber viajado en avión. Yo lo pensé mucho. Dije: “Mi huella de carbono va a aumentar un montón”. Estuve toda la semana antes de viajar pensando en eso, pero después me decía a mí misma que yo hago otras cosas para disminuir mi huella; entonces no me puedo sentir tan culpable —explica Nadia.

Valentina añade:

—Siempre va a haber personas que se van a meter al movimiento y van a querer transformar esto en algo que no es. A mí me da miedo eso. Más encima la mayoría somos niños, y me ha tocado pelear con gente de 32 años que llega y se mete al movimiento y nos dice “no puedes hacer esto”, “yo soy profesional”, cosas así. En primer lugar, el movimiento es totalmente apartidista. A mí se me han acercado partidos políticos, pero considero que en este momento ninguno nos representa. Me da miedo que esto termine transformándose en un juego de poder.

Este año Valentina debería dar la PSU, pero al haber dedicado mucho tiempo a Fridays for Future reconoce que ha bajado un poco sus notas. Su mamá, Marilin Araya, dice que en un minuto su hija estaba un poco colapsada.

—La noté preocupada porque terminaba el semestre, por la PSU, por los eventos de Fridays for Future… y en un momento vi que ella no sabía qué hacer. Le dije que yo no le estaba exigiendo nada, que más adelante viéramos lo da la PSU, que tal vez podía hacerla el otro año —cuenta Marilin.

Valentina dice que quiere seguir en el movimiento, pero que sabe que más adelante, cuando tenga 20, tendrá que darle espacio a los más jóvenes. Explica que le gustaría poder trabajar en la ONU, que quiere estudiar Biología y que tal vez podría especializarse en Ecología para trabajar en cuidar y conservar el medioambiente.

—Tengo el mismo sueño de todas esas niñas y niños que viven en otros lados, de ver una tierra linda, con seres vivos felices y volver a vivir en un lugar que esté como debería estar.

Valentina piensa un rato:

—Me encantaría volver vivir en la selva valdiviana.

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