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Las Carmelitas Descalzas ganaron una dura pelea medioambiental

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Las Carmelitas Descalzas ganaron  una dura pelea medioambiental

Hace ocho años un grupo de monjas rompió su perpetuo voto de silencio iniciado el año 1995, fecha en que llegaron a habitar un monasterio ubicado en el sector El Canelo del Cajón del Maipo. Las mujeres de la Congregación Carmelitas Descalzas del Amor Misericordioso, se contactaron con el Tribunal Ambiental y con la Corte Suprema para evitar que un ducto del proyecto hidroeléctrico "El Canelo" pasara por el claustro femenino.

En la pasada Navidad, además de celebrar los ritos católicos de la fecha, las carmelitas festejaron una resolución del Servicio de Evaluación Ambiental (SEA), que las beneficia.

A través de la ONG Fima, que las representa en la causa, las mujeres se enteraron de que el Servicio de Evaluación Ambiental (SEA) declaró la caducidad de la Resolución de Calificación Ambiental (RCA) del proyecto hidroeléctrico que afectaba el ecosistema y la vida de las monjas.

"Esto significa que la empresa no puede construir porque el permiso que tenía ya no existe, por lo tanto, si quieren construir algo deben iniciar un nuevo procedimiento de evaluación ambiental. Sin embargo, pueden reclamar de la caducidad y eso deben verlo los tribunales. Pero en este caso se cumplen todas las condiciones para la caducidad", comenta Ezio Costa, director ejecutivo de la ONG Fima.

Uno de los argumentos que consideró la institución para caducar la RCA del proyecto "El Canelo" fue que la empresa no inició faenas en el plazo que indica la Ley 19.300, que es de cinco años desde la notificación.

"De acuerdo con la revisión realizada por la Superintendencia de Medio Ambiente, de la plataforma del Sistema Nacional de Fiscalización Ambiental que administra, constató que el estado actual del proyecto es no iniciada la fase de construcción", indica la resolución firmada por Hernán Brücher, director ejecutivo del SEA.

María Elisa Castillo, madre superiora de la congregación, es la más contenta con la resolución. En el monasterio, además de convivir mujeres, habita un arbusto llamado guayacán, especie con problemas de conservación que las monjas han cuidado siempre.

"Han sido ocho largos años de lucha, sufrimiento, esfuerzo y alegrías, de todo un poco. Podríamos habernos convertido fácilmente en uno más de los casos en que las empresas le ganan a las comunidades, con proyectos que las afectan directamente", finaliza la madre superiora.

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