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La residencia de soltero de Iván Martínez, empresario funerario

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La residencia de soltero de Iván Martínez

Antes de habitar la casa de 500 metros cuadrados que ilustra estas páginas -emplazada en un terreno de 2.000 metros cuadrados en Lo Barnechea-. Antes de tener una cancha de tenis privada, una piscina con linda vista a Santiago. Antes de la colección de autos deportivos en el estacionamiento, Iván Martínez (41) pasó gran parte de su vida durmiendo al lado de los muertos.

Su familia fundó la Funeraria La Estampa, de Puente Alto, y él se la pasaba cerca de ataúdes y clientes apesadumbrados. Cuando era niño, tenía pesadillas.

"Vi a mis primeros fallecidos a los ocho años. Mis papás me llevaron a la morgue y fue súper impactante, soñé como por dos años con ellos", recuerda. "No llevaría a mi hija a ver muertos, pero era mi realidad, me mandaban. Mi papá era sencillo y lo veía como una manera de aprender".

Cuando Martínez tenía 20 años, su padre falleció. Le tocó entonces hacerse cargo del negocio familiar, junto a su abuela, pero al año se le ocurrió emanciparse y abrió su propia funeraria en Vicuña Mackenna. Partió con una inversión de dos millones y le tocó sacrificarse.

"Dormía en una colchoneta cuando empecé, no me hacía problema. Vivía en una casa súper precaria", relata.

Para hacerse su clientela las ejerció como "buitre": se instaló en el Hospital Sótero del Río a captar personas que acababan de perder a un ser querido.

"Trabajaba solo, si fallecía el familiar de alguien, yo estaba ahí. Me iba bien y siempre me ha ido bien. He tenido carritos de completos, he vendido ropa. Es un poco egocéntrico decirlo, pero siempre me ha ido bien en los negocios", relata.

Hoy tiene 11 sucursales de la que llamó Iván Martínez Funeraria, esparcidas en la Región Metropolitana y en la de Valparaíso. Hace poco inauguró Pet Funeral, para mascotas.

Casa a casa

A los 29 años, Martínez compró su primera casa para residir en Puente Alto. Luego se cambió a La Florida, después a Ñuñoa y más tarde a Las Condes. De su casa actual, en Lo Barnechea, es propietario hace dos años.

"Quería tener perros y una casa amplia. Tener esta casa era algo que me había propuesto, antes estaba en un penthouse de Las Condes, que me encantaba, pero en la medida que uno va obteniendo cosas, va queriendo otras", describe.

Cambió el interior de la nueva casa casi por completo: se fue el porcelanato del piso, nueva iluminación, diseñó un bar, puso maceteros, pintó los muros blancos y encargó un mural para la sala de juegos. El proceso tardó mes y medio.

Cuando se cambia de hogar, no se lleva ningún mueble. Sólo traslada un cojín que su abuela le regaló hace 20 años y su colección de autos deportivos.

-¿No le parece una casa muy grande para vivir soltero?
-Me acostumbro a todo. Viví en una pieza de un metro y medio por dos metros y estaba bien. Te voy a confesar algo: tengo una cama gigante, de esas súper king, y duermo en el borde de la cama y con una pata afuera. Tengo esa costumbre. Es la media pieza, la media cama, y ocupo el borde de la cama.

-¿Ha vivido con una polola alguna vez?
-Sí, pero no acá.

-¿Cómo fue la experiencia?

-Es diferente que la pareja sea puertas afuera que puertas adentro. Puertas adentro me empiezo a ahogar. Yo tengo 41 años, nunca me he casado y me considero una persona libre, hago lo que quiero en el minuto. Si vives con alguien, tienes que dar explicaciones y a mí no me gusta dar explicaciones.

-¿En estos dos años que lleva en la casa no ha pololeado?
-No, estoy dedicado 90% del tiempo a trabajar y 10%, a distraerme. Me gusta trabajar, soy bien trabajólico.

-Dicen por ahí que en una casa más grande uno se siente más solo.
-Vivo solo desde los 20 años y ahora tengo 41. Soy una persona solitaria, pero me gusta. Estoy todo el día con gente en la pega, llego a mi casa y es rico estar solo y poder desconectarse. También depende de cómo uno lleve la vida. Yo juego con amigos en la cancha de tenis, me bronceo, voy a la sala de pool, me voy a la sala de cine para ver una película. Me amoldo a todo y me encanta mi casa.

-¿Cómo llevaría la vida usted, entonces?
-Yo llevo mi vida como en el minuto quiero llevarla y puedo llevarla. Antes, yo no tenía estos recursos y hacía lo que podía dentro de mis márgenes. Dormí por un año en una colchoneta dentro de una de mis primeras funerarias. Te voy a contar una talla, era un sofá cama que compré en el persa Biobío, tenía una cobertura de plástico que me costó romper y la abrí con un cuchillo cartonero: lo rompí de punta a punta, quedó con el medio tajo. Y fui feliz ahí.

-¿No se le acerca gente interesada por la casa?
-Es normal, pero yo no tengo tanto roce con esa gente, soy bien esquivo. Los años a uno lo hacen más minucioso. Si muestro la casa acá (en el diario), es un mensaje para la gente que esté emprendiendo y para decir que las cosas sí se pueden lograr.
La residencia de soltero de Iván Martínez

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