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Miguelo en modo pandemia: hace y vende tortas por delivery

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Miguelo en modo pandemia
Los primeros 21 días posteriores al 16 de marzo, cuando empezó la cuarentena en Santiago, Miguel Esbir (63 años) los pasó guitarreando y cantando en la terraza de su departamento. Quería olvidar lo que estaba ocurriendo a nivel mundial con el Covid-19. "Se suponía que era para alegrar a los vecinos en sus balcones. Un día me asomé desde el piso 12 y vi que se había juntado mucha gente abajo. Algunos tenían cervezas. Me asusté y dije esto se me va de las manos. Tengo que hacer algo " cuenta él.

Miguelo dice que no demoró demasiado en definir qué hacer. "Yo soy creativo. Dije es el momento de dar cariño y me lancé con el negocio de las tortas. Son caseras, hechas con amor y las voy a dejar yo. Saqué el permiso para hacer delivery, así que ando con todas las de la Echo la guitarra arriba del auto y parto. Las señoras me piden que les cante el Cumpleaños feliz y Leyla, Leyla . Yo empiezo, ellas levantan los brazos y se ponen a bailar. Es bonito", asegura.

-¿El canto es de yapa?
-Claro. Cómo se te ocurre que voy a cobrar. Necesitamos tanto cariño en estos momentos. El coronavirus es de locos. Te aleja de las personas que más quieres. A mis cuatro hijos los veo desde lejos. Voy a visitar a Sebastián, mi hijo impedido, a la casa de su mamá (Ana María Cummins), le llevo torta y tengo que ir con mascarilla porque como estoy en contacto con gente no me puedo arriesgar a contagiarlo. Imagínate. No lo puedo abrazar y darle besos. No, es que me mata esta cuestión...

-¿Por qué tortas?
-El 5 de octubre del año pasado inauguré mi pub restaurante (Patria Vieja en Vitacura) maravilloso con un concepto bien entretenido. Con una carta de comida chilena, decoración vintage, cuadros de Manuel Rodríguez y Bernardo O'Higgins. Tenía 25 trabajadores repartidos en dos turnos: a la hora de almuerzo y en la noche. Era una pyme que iba con tutti para arriba. El 18 empezó el estallido social y mi local se empezó a ir a las pailas. Igual me defendí. Aguanté. En el verano tuve un repunte importante, en marzo llegó el coronavirus y terminé de achatarme. Pocas semanas antes de tener que cerrar había contratado un chef brasilero. Él me pidió hacer tortas para ofrecerlas a la hora de almuerzo. Las tenía en la vitrina y se vendían súper bien.

Desde entonces, las tortas se han convertido en la salvación de Miguelo. Tiene siete variedades, con nombres como Sebastiana -"en honor a mi hijo impedido", explica-, Miguelina, Velvet y Leyla. "Trabajo con dos personas: el chef y una niña que me ayuda a tomar los pedidos. Hace dos días le ofrecí al Kiwi (Arturo Walden) que se sume y venda en su zona. A él le falta un billetito, bueno... a todos nos faltan billetitos, cómo no ayudar si puedes hacerlo", reflexiona.

-¿Cómo ha sido este cambio de rubro?
-Me da rabia cuando me dicen el ojito tuyo para inaugurar un restaurante en octubre. Nadie se podía imaginar que vendría primero el estallido y después el coronavirus. Nunca en mi vida había vendido tortas. Nunca me imaginé que lo haría. Estoy aprendiendo todos los días algo nuevo. Soy hijo del rigor, no tengo problemas en trabajar y tirar para arriba. Me voy a levantar esta y todas las veces que sea necesario. Yo espero que el restaurante vuelva algún día. Sé que la entretención es el último carro que se va a sumar al tren de la normalidad. Mientras tanto voy a esperar trabajando y cantando desde el piso 12.

-¿Es buen negocio vender tortas?
-Estoy estirando el elástico, salvando. Nunca se va a comparar en ventas con un restaurante, pero me sirve para estar activo física y mentalmente. Ando con mentalidad positiva. Apagué el televisor y no lo voy a prender más. No quiero ver más tragedias. Mira, hace dos semanas entraron dos veces al restaurante para robar. Se llevaron unas lámparas antiguas. Por suerte los pillaron. Suficiente con tanta tragedia.

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